Entre las causas más citadas se encuentran las persistentes crisis económicas, como la Gran Recesión de 2008, que dejó profundas secuelas en los jóvenes que se incorporaban al mercado laboral con escasas oportunidades y perspectivas; la falta de acceso a los servicios de salud mental (sistemas públicos sobrecargados, retrasos en los diagnósticos y escasez de recursos preventivos); el impacto de la pandemia de COVID-19, que intensificó la ansiedad, la incertidumbre y la desesperanza; y el uso intensivo de teléfonos inteligentes y redes sociales, cuya relación causal con el malestar psicológico juvenil está cada vez más documentada. La exposición continua a comparaciones sociales, dinámicas de aprobación y contenido irreal alimenta expectativas distorsionadas y sentimientos de insuficiencia que afectan la autoestima.

El resultado es que hoy son los jóvenes los más infelices, contradiciendo a Rubén Darío y su famosa frase: «Juventud, tesoro divino, ya te vas y no volverás» .²

Matices y debates en torno a la curva

Si bien la evidencia de la curva de felicidad en forma de U ha sido sólida en términos estadísticos, no es universal. Su forma varía según los ingresos y el contexto económico, el género, las experiencias de discriminación, la salud física y las expectativas culturales.

Algunos grupos de edad incluso muestran un aumento sostenido de la felicidad desde la juventud hasta la mediana edad. La neurobiología respalda estas diferencias: mientras que los jóvenes buscan placer e intensidad, los adultos tienden a valorar la reducción del estrés y, en la vejez, se prioriza la serenidad.

En otras palabras, la curva de la felicidad, que en términos sencillos puede describirse como una representación visual de cómo varía la felicidad a lo largo de nuestra vida, sugiere que tiende a ser alta en la juventud, puede disminuir en la mediana edad y, finalmente, vuelve a aumentar a medida que envejecemos. Cabe mencionar que este concepto ha generado muchos debates y matices, lo cual es positivo, ya que nos brinda la oportunidad de comprender mejor lo que sentimos y cómo vivimos.

A medida que las personas maduran, desarrollan una mayor apreciación por lo que realmente importa: las relaciones significativas, las experiencias gratificantes y un sentido de propósito.

En primer lugar, es importante reconocer que esta curva no es una regla universal. Algunas personas pueden experimentar un aumento de la felicidad al superar la adolescencia y entrar en la edad adulta. Otras, en cambio, pueden enfrentarse a dificultades que afectan su bienestar en distintos momentos de su vida. Aquí es donde entran en juego los matices; nuestras experiencias, personalidad y entorno influyen enormemente en cómo percibimos la felicidad.

Además, otro debate interesante gira en torno a la naturaleza de la felicidad misma. ¿Es simplemente un estado emocional o existe un componente más profundo relacionado con la satisfacción vital? Algunas investigaciones sugieren que, a medida que las personas maduran, desarrollan una mayor apreciación por lo que realmente importa: relaciones significativas, experiencias gratificantes y un sentido de propósito. Este enfoque puede hacer que las personas se sientan más felices, incluso si las circunstancias de la vida no son ideales .

De hecho, adoptar esta perspectiva nos anima a buscar la felicidad en lugares que antes habíamos pasado por alto. ¡Y eso es realmente emocionante! Cada uno de nosotros tiene el poder de encontrar o crear esos momentos de alegría, incluso en etapas de la vida que tradicionalmente se consideran difíciles.

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Y no olvidemos la importancia de la comunidad. Las interacciones sociales y el apoyo de amigos y familiares son fundamentales. En este sentido, la curva de la felicidad nos brinda la oportunidad de reafirmar la necesidad de estar conectados. Si bien nuestros caminos pueden ser diferentes, el acto de compartir nuestras experiencias y emociones puede ser increíblemente valioso y transformador.

En conclusión, los matices y debates en torno a la curva de la felicidad nos muestran que la felicidad no es una línea recta. Es un viaje lleno de giros y matices, en el que cada uno aporta su propia experiencia. Así que, celebra tus momentos de felicidad y recuerda que, sin importar en qué punto de esa curva te encuentres, siempre hay espacio para crecer y encontrar alegría. Estamos juntos en esto, ¡así que sigamos explorando qué nos hace felices!

Psicología positiva y el modelo PERMA: del déficit a la construcción del bienestar

La psicología positiva propone un cambio fundamental. Se trata de no analizar el bienestar únicamente desde la ausencia de malestar, sino desde la construcción consciente de condiciones que lo promuevan. Martin Seligman, una de las figuras clave, sintetiza el bienestar en el modelo PERMA.⁴ En términos muy breves, esto significa lo siguiente:

  • P (Emociones Positivas): cultivar emociones positivas como la gratitud, la esperanza y la alegría.
  • E (Participación): experimentar estados de «fluidez» o inmersión total en actividades significativas.
  • R (Relaciones): mantener relaciones sólidas de confianza, apoyo y afecto.
  • M (Significado): encontrar un significado vital y sentirse parte de algo más grande que uno mismo.
  • A (Logro): perseguir metas y desarrollar logros que generen orgullo, significado y satisfacción

La industria de la felicidad: promesas, contradicciones y riesgos.

La denominada «industria de la felicidad» abarca desde aplicaciones de mindfulness, cursos de coaching motivacional, literatura de autoayuda y terapias alternativas hasta grandes corporaciones que promueven programas de «bienestar corporativo». Se trata de un mercado multimillonario que convierte la búsqueda de sentido y felicidad en un producto de consumo.

Esta industria se basa en tres pilares lógicos: la individualización del malestar, mediante la cual se transmite la idea de que la infelicidad es siempre una responsabilidad personal, visibilizando determinantes sociales estructurales como la desigualdad, la precariedad laboral, la soledad urbana o la inseguridad vital; la estandarización de la felicidad, que se difunde como un modelo normativo de bienestar, asociado a ser siempre productivo y positivo, generando en última instancia presión adicional y sentimientos de fracaso para quienes no se ajustan a estos marcos; y, por último, el consumo como solución, ya que refuerza la noción de que la felicidad se puede adquirir comprando un curso, una aplicación, un retiro espiritual o incluso un objeto material que promete transformar la vida.

Resiliencia: la fuerza silenciosa del bienestar

La resiliencia se entiende como la capacidad de adaptarse positivamente a la adversidad, aprender de las experiencias difíciles y salir fortalecido. En el marco de las contribuciones de Simon Dolan, este concepto adquiere un papel central en la construcción de un bienestar emocional sostenido. 7

Dolan sostiene que el equilibrio entre los tres ejes principales de valores —económico-pragmático, ético-social y emocional-desarrollador— es clave para generar bienestar tanto a nivel individual como organizacional. En este sentido, la resiliencia actúa como un factor moderador que ayuda a mantener ese equilibrio ante la presión, la incertidumbre o las crisis.

Pedro César Martínez Morán Con una trayectoria de más de 30 años en el sector de la consultoría de recursos humanos, ha dirigido el Máster en Recursos Humanos de la Pontificia Universidad Comillas y el Máster en Gestión del Talento de la Escuela de Administración Advantere. Su investigación se centra en la gestión del talento y el liderazgo, y ha publicado numerosos artículos en revistas científicas de alto impacto. Martínez Morán también ha colaborado con equipos de investigación en Gestión del Talento y Liderazgo, contribuyendo significativamente al desarrollo de la disciplina en su área de especialización.

Este enfoque busca contrarrestar la creciente infelicidad en los jóvenes con herramientas prácticas como la gratitud, la atención plena, las actividades con propósito y las relaciones sociales de calidad, circunstancias que conducirían a una vida plena.

Robert Waldinger, aporta una conclusión que abarca generaciones: el mejor indicador del bienestar y la salud a largo plazo no son los logros económicos ni los viajes extraordinarios, sino la calidad de las relaciones cotidianas.

Tras más de ocho décadas de seguimiento a cientos de personas, Waldinger y Schultz concluyen que quienes tenían relaciones sólidas, capaces de mantener la empatía, la gratitud y la resolución de conflictos, envejecieron con mejor salud física y emocional, y reportaron mayores niveles de satisfacción con la vida.

Cuando una persona resiliente atraviesa una dificultad:

  • Reinterpretan la experiencia desde un marco de valores significativos (conexión con el significado y el propósito).
  • Movilizan recursos emocionales (optimismo, autoconfianza, regulación emocional) que amortiguan el impacto del estrés.
  • Fortalecen las relaciones sociales, un aspecto clave que Dolan identifica como esencial para la salud emocional y la cohesión del equipo.
  • Aprenden y transforman la adversidad en oportunidad, alineando los logros (valores pragmáticos) con el crecimiento personal (valores emocionales) y el compromiso ético con los demás.

Conclusión

El cambio en la curva de infelicidad tiene profundas consecuencias. En las políticas públicas, es urgente invertir en salud mental accesible, preventiva e inclusiva, especialmente dirigida a los jóvenes. En educación, se necesitan programas de resiliencia, alfabetización emocional y un sentido de propósito desde la etapa escolar. En la vida cotidiana, es importante distanciarse críticamente de la industria de la felicidad, priorizar las relaciones significativas, fomentar espacios para el descanso digital y cultivar prácticas de gratitud y un propósito auténtico.

La tradicional curva en forma de U que representaba la felicidad y el pico de la infelicidad constituyó durante años una narrativa optimista. Si bien se atravesaba un periodo de desencanto en la mediana edad, la recuperación llegaba tarde o temprano. Pero la realidad contemporánea rompe con esa lógica; la angustia afecta con mayor dureza a los jóvenes, mientras que el bienestar parece aumentar con el paso de los años.

Este cambio plantea un desafío para la sociedad, como garantizar que las nuevas generaciones cuenten con los recursos emocionales, sociales y económicos necesarios para desenvolverse con sentido en la vida. Ante la tentación de recurrir únicamente a soluciones rápidas de la industria de la felicidad, es fundamental recuperar una visión holística del bienestar mediante la práctica diaria de la conexión, la gratitud, el propósito y el cuidado colectivo.

La felicidad, más que un destino prometido por el marketing emocional, es un proceso cultivable que se construye en el tejido de las relaciones, en la aceptación de la vida cotidiana y en la búsqueda de un significado compartido.

De esta forma, la resiliencia no solo protege el bienestar, sino que también amplía las posibilidades de desarrollo emocional. Siguiendo la línea de pensamiento de Dolan, se convierte en un valor práctico que potencia la capacidad de liderazgo positivo, la gestión del cambio y la construcción de culturas organizacionales más humanas.