Igualdad de oportunidades….

Igualdad de oportunidades.... – Equidad de trato entre géneros

El debate sobre la llamada ideología de género se ha convertido en una de las grandes controversias culturales y políticas de nuestro tiempo.

Igualdad, libertad y la batalla por los roles de género. El debate sobre la llamada ideología de género se ha convertido en una de las grandes controversias culturales y políticas de nuestro tiempo. Para sus críticos, entre ellos Leonor Tamayo, presidenta de Profesionales por la Ética en 2024, se trataría de un «constructo doctrinal» que, a su juicio, carece de una base científica suficiente y que habría sido introducido en distintos ámbitos de la sociedad mediante la legislación, la educación y la presión cultural. Desde esta perspectiva, no estaríamos únicamente ante una cuestión relacionada con la igualdad entre hombres y mujeres, sino ante un fenómeno político capaz de transformar valores, comportamientos y estructuras sociales.

Leonor Tamayo,

presidenta de Profesionales

por la Ética en 2024,

La cuestión merece, sin embargo, ser abordada desde una perspectiva más amplia. La igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades constituyen principios fundamentales de cualquier sociedad libre. Hombres y mujeres deben disfrutar de los mismos derechos y estar sometidos a las mismas garantías jurídicas. Pero igualdad no significa necesariamente uniformidad, ni puede confundirse con la imposición de una determinada concepción ideológica sobre la persona, la familia o la sexualidad. Una sociedad verdaderamente libre debería permitir que cada ciudadano pueda construir su proyecto vital conforme a sus convicciones, siempre dentro del respeto a los derechos de los demás.

El problema aparece cuando una legítima reivindicación de igualdad se transforma en una lucha por el poder. El feminismo, como movimiento plural, ha desempeñado un papel histórico indiscutible en la conquista de derechos de las mujeres.

Otra cuestión diferente es el feminismo convertido en instrumento político o en mecanismo de presión para establecer diferencias jurídicas permanentes entre los sexos. La defensa de la mujer frente a cualquier forma de violencia resulta incuestionable; pero también debería serlo la exigencia de que la justicia proteja a cualquier persona que sea víctima de violencia, sin discriminaciones ni prejuicios derivados de su sexo.

Esta cuestión adquiere especial importancia cuando se habla de violencia dentro de la pareja, de custodia de los hijos o de conflictos familiares. La sociedad debe perseguir con firmeza al agresor, sea hombre o mujer, y proteger a la víctima, sea cual sea su sexo. La igualdad ante la ley exige precisamente que las circunstancias personales no se conviertan en una presunción automática de culpabilidad o inocencia. La justicia no puede construirse sobre categorías colectivas, sino sobre hechos, pruebas y responsabilidades individuales.

También resulta necesario distinguir entre la realidad biológica del sexo, las construcciones culturales asociadas a los roles masculino y femenino y las diferentes formas en que cada individuo vive su identidad y su sexualidad. A lo largo de la historia, las sociedades han asignado papeles distintos a hombres y mujeres.

El hombre estuvo tradicionalmente vinculado a la guerra, la defensa, determinados trabajos físicos y la autoridad pública, mientras que la mujer quedó ligada en mayor medida al hogar y al cuidado familiar. La modernidad transformó profundamente este esquema y abrió a las mujeres espacios educativos, profesionales, políticos y económicos que durante siglos les estuvieron limitados.

Ese proceso de emancipación debe ser contemplado como una de las grandes transformaciones de la sociedad moderna. Pero precisamente porque la libertad individual ha avanzado, ya no parece razonable sustituir un modelo rígido por otro. No se trata de pasar de una sociedad dominada por el hombre a otra dominada por la mujer, sino de superar cualquier forma de dominación basada exclusivamente en el sexo. El objetivo debería ser que cada persona pueda desarrollar sus capacidades sin que su nacimiento determine de antemano su destino.

En este punto aparece la dimensión política del debate. Las cuestiones relacionadas con el sexo, la identidad, la familia o la igualdad han dejado de ser asuntos exclusivamente privados para convertirse en banderas electorales y culturales. En Estados Unidos, por ejemplo, parte del discurso político contemporáneo ha apelado al sentimiento de sectores masculinos que consideran que han perdido protagonismo social. En España, por su parte, el debate sobre el feminismo, la violencia de género y las políticas de igualdad se ha convertido en uno de los campos de confrontación más intensos entre las distintas posiciones ideológicas.

El riesgo consiste en convertir cualquier diferencia entre hombres y mujeres en una batalla entre colectivos. Una democracia liberal no debería enfrentar permanentemente a unos ciudadanos contra otros por razón de sexo. Tampoco debería transformar la identidad sexual en un instrumento de poder político o económico. Las asociaciones y movimientos sociales tienen, naturalmente, todo el derecho a defender sus ideas, manifestarse y tratar de influir democráticamente en las instituciones. Pero ese derecho debe ser exactamente el mismo para todos.

La educación merece una consideración especial. Los menores tienen derecho a recibir una formación rigurosa, respetuosa y adecuada a su edad. La escuela debe enseñar a respetar a los demás, combatir cualquier discriminación y formar ciudadanos libres y responsables. Pero la educación no debería convertirse en un campo de adoctrinamiento ideológico. En cuestiones especialmente sensibles, como la sexualidad, la identidad o la concepción de la familia, debería existir un equilibrio entre la responsabilidad educativa de las instituciones y el derecho de los padres a participar en la formación moral de sus hijos.

En definitiva, el verdadero desafío de nuestro tiempo no consiste en decidir qué sexo debe ejercer el predominio sobre el otro, sino en construir una sociedad en la que el predominio deje de ser el criterio de las relaciones humanas. Ni el machismo del pasado ni un eventual enfrentamiento entre hombres y mujeres pueden constituir el fundamento de una sociedad libre.

La igualdad auténtica no consiste en que todos seamos iguales en todo, sino en que todos dispongamos de iguales derechos, iguales libertades e iguales oportunidades. Después serán el talento, el esfuerzo, la responsabilidad y las decisiones personales los que determinen los resultados de cada individuo. La diversidad humana no es necesariamente una amenaza para la igualdad; puede ser precisamente su consecuencia más natural.

Frente a la tentación de convertir al individuo en una pieza de una determinada colectividad —sea esta definida por el sexo, la ideología, la raza o cualquier otra categoría—, la tradición liberal reivindica algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente: que la persona sea libre para decidir su propia vida. Igualdad ante la ley, libertad para elegir y responsabilidad por las propias decisiones. Ese equilibrio es mucho más difícil que imponer una doctrina, pero también es el único capaz de evitar que la legítima lucha contra la discriminación termine creando nuevas formas de discriminación.

La sociedad libre no necesita hombres contra mujeres ni mujeres contra hombres. Necesita ciudadanos iguales en dignidad y derechos, diferentes en sus capacidades, convicciones y proyectos vitales, pero unidos por una misma regla: nadie debe ser superior o inferior por razón de su sexo. Esa debería ser la verdadera batalla por la igualdad.

. La ideología de género es una máquina de hacer dinero y lograr poder. Que supone una vulneración “legal” de derechos humanos fundamentales y la intromisión en las aulas de los menores mediante legislaciones inadmisibles.

Parece duro, pues este esta ideología, supone para los colectivos de mujeres organizadas sindicalmente, una actitud permanente en busca de una mayor preponderancia en una sociedad , hasta hace poco profundamente «machista», que busca sobre todo desde la izquierda adquirir protagonismo , derechos especiales y gabelas sobre el género masculino, lo que consigue especialmente en los medios de difusión, y en la legislación, que se endurece a la hora de castigar la llamada violencia de género, es decir cuando el hombre ataca a la mujer, ya sea leve ya sea gravemente. Es de justicia que ambos géneros sean iguales no solo ante la ley, sino también ante la sociedad, pero no es así, bien al contrario, el género masculino, no tiene quien le defienda, por ese mero hecho, lo que degenera en más violencia, por el sentimiento de trato inferior que tienen ante los tribunales, cuando se enfrentan con la pareja, en temas tales como la pensión o la patria potestad sobre los hijos.

Para un psicólogo, la explicación es muy profunda, pues proviene nada menos que de los instintos, que según Sigmund Freud son: los de vida, el sexual y el de conservación de la especie y los de muerte, es decir la agresión. Ambos se realizan en una conducta(behaviorismo) construida a partir de las actitudes, que, transformadas en hábitos, definen las decisiones que constantemente hay que tomar para vivir, Naturalmente hasta el S. XX la agresión se reservaba al hombre, especialmente en las guerras y en toda conducta que implicara agresión, policía o milicia, en tanto la mujer se reservaba para las labores más pasivas.

La Filosofías nacidas en la Modernidad, especialmente la marxista, no solo han cambiado los «roles» que anteriormente se jugaban, sino que están revelando una tendencia cada vez mayor a la neutralidad, razón por la que la bisexualidad o la homosexualidad que pertenece a los instintos de vida, ha perdido su objetivo de conservación de la especie, limitándolo exclusivamente al sexual.

La Religiones, en la Historia, se han basado asimismo en el mantenimiento de un sistema, básicamente la familia, que aseguraba el mantenimiento de la población, su crecimiento y el aprovisionamiento de bienes materiales con los que sobrevivir. Hoy, quizás la Humanidad está creciendo en exceso. Se proyecta que la población mundial llegará a 11 200 millones en 2100, es evidente que la organización social del género humano, hábitat urbano, riqueza coyuntural, sobre todo de Occidente, intente frenar a un crecimiento que es una auténtica epidemia, ¿Como lo hace? Pues una de las formas es la igualación de los géneros, aunque la pregunta que cabe formularse, ¿esta igualación se produce de una forma justa?, o por el contrario lo hace por la búsqueda del predominio, aunque sea temporal del género femenino sobre el masculino. Esa actitud, es una actitud política que no tiene justificación, por lo que habrá que preguntarse si puede ocurrir una actitud de signo contrario en el hombre que genere conflicto, es decir más violencia.

Parece ser que las elecciones USA, cuando el candidato Trump, apeló a esta motivación de lo que se ha dado en llamar, el voto «blanquito» de los hombres, a los que ha recordado que han dejado de jugar un papel principal en la sociedad y que él, está dispuesto a devolverles ese protagonismo que perdieron, incluyendo al voto femenino, no feminista que prefiere el «rol» que anteriormente jugaron. Evidentemente, pues en los USA la Ideología de Género se ha identificado con una actitud política.

En España, es el feminismo militante y sindicado, el que ha impulsado la ideología de género, y el que ha distinguido en el asesinato de mujeres, si es o no violencia de género, lo que no ha dejado de sorprenderme, incluyendo la estadística que se lleva de las mismas, que provoca una gran alharaca en los medios de comunicación.

No creo personalmente, que deba darse una educación distinta según el género, pero sí creo que, en aras de la libertad, lo que no podemos es oponernos, a que de acuerdo con su filosofía de vida o de religión, cada uno haga lo que quiera, sin que se ataque ominosamente su forma de hacer.

Menos aún, creo que el sexo, deba intervenir como «lobby» en la política, y bien que lo hacen los colectivos organizados en torno a su especial sexualidad, dentro de una actitud política que al fin y al cabo les proporciona poder y dinero, además de preponderancia social, y con la ideología de género como una de sus banderas. De cualquier forma, defiendo también el derecho de las feministas a manifestarse en libertad y a conquistar las posiciones de igualdad que las Instituciones o la Sociedad le nieguen, que sea con una actitud política, pues de acuerdo, pero siendo conscientes de que lo es sin más. Ojalá fuéramos más iguales, pero la desigualdad es en el fondo un derecho a ser diversos para los humanos, alejándonos del mundo de Orwell y de la confusión del individuo dentro de la masa. Esa es la verdadera libertad, igualdad de oportunidades sí, pero a continuación el esfuerzo, es el que debe premiar la consecución o no de los objetivos, materiales o intelectuales de cada ser humano. en lo que debería ser el Cosmos y no el Caos de la existencia humana.

Bernardo Rabassa – Maestro Nacional. Licenciado en Filosofía y Letras y Diplomado en Psicología Industrial por la Universidad Complutense de Madrid. Psicoanalista, Becario en la Universidad de la Sorbonne (Paris) en Psicología. Promotor en España, desde 1963, de las aplicaciones de la Psicología a la Publicidad, al Marketing y la Comunicación.