A los 80 años que es lo que mas importa….

A medida que se acercan los ochenta años; se piensa menos en cómo vivir más tiempo y más en cómo vivir mejor.

Simon L. Dolan (Israel, 20 de octubre de 1947)

es doctor en recursos humanos y psicología del trabajo en ESADE,[1] Presidente Honorario de la Global Future of Work Foundation (GFWF),[2]escritor y profesor universitario.

www.globalfutureofwork.com

El fundamento interior:

cuatro lecciones que estoy aprendiendo al acercarme a los 80

Durante gran parte de mi vida profesional he estudiado los valores, el estrés crónico, la resiliencia y las fuerzas que moldean el comportamiento humano. He escrito sobre cómo las personas pierden el equilibrio cuando las demandas de la vida superan sus recursos internos. Sin embargo, con los años he descubierto que algunas de las lecciones más importantes no se encuentran en las teorías, los modelos o los artículos científicos. Se encuentran en los momentos silenciosos de nuestra propia vida.

Envejecer tiene una manera particular de deshacer nuestras ilusiones. Los amigos se alejan. Algunos desaparecen. Los hijos se ocupan de sus propias vidas. Las relaciones cambian. Las personas que amamos mueren. El teléfono puede sonar menos. Las invitaciones pueden ser menos frecuentes. Y, de repente, aparece una pregunta que resulta difícil de evitar:

¿Quién soy cuando ya no me necesitan como antes?

Creo que esta es una de las grandes dificultades psicológicas del envejecimiento.

Immanuel Kant escribió, en esencia, sobre la necesidad de convertirse en una ley para uno mismo. Yo no interpreto esta idea como una invitación a independizarnos de los demás o a volvernos indiferentes al amor. Todo lo contrario. Significa construir una base interior suficientemente sólida para que nuestro sentido de valor personal no dependa de la atención, la aprobación o la presencia de otras personas.

Con los años, he llegado a pensar en esta base interior a través de cuatro pilares.

Pilar #1 — Estar solo sin sentirse miserable

Existe una diferencia profunda entre estar solo y sentirse abandonado. Cuando somos jóvenes, la soledad puede sentirse como una carencia. Buscamos personas, estímulos, reconocimiento y conversación. Pero con la edad, la soledad puede convertirse en otra cosa: un espacio en el que finalmente podemos escuchar nuestros propios pensamientos.

He aprendido que sentirse cómodo estando solo no significa rechazar a los demás. Es una forma de libertad psicológica. Debemos amar a nuestras familias y valorar a nuestros amigos.

Debemos alegrarnos cuando recibimos una llamada, una visita, una invitación o un mensaje.

Pero nuestra supervivencia emocional no puede depender completamente de ellos.

La resiliencia, he aprendido, no consiste únicamente en soportar la adversidad. Consiste también en saber volver a uno mismo. Y a veces, volver a uno mismo significa aprender a sentarse tranquilamente en una habitación vacía sin interpretar ese vacío como una prueba de que ya no somos importantes.

Pilar #2 — El orden y el ritmo cotidiano

A medida que envejecemos, la estructura se vuelve más importante, no menos. Durante muchos años, el trabajo nos proporciona gran parte de esa estructura automáticamente:

reuniones, fechas límite, colegas, viajes, clases, responsabilidades. Y entonces, un día, muchas de esas cosas cambian.

El peligro no es tener demasiado tiempo libre. El peligro es no tener una razón para levantarse por la mañana.

Un ritmo sencillo puede convertirse en un ancla: levantarse a una hora determinada, caminar, leer, escribir, hacer ejercicio, hablar con alguien que queremos, aprender algo nuevo, preparar una comida o trabajar en un proyecto.

Estas actividades pueden parecer insignificantes. No lo son. Cada vez creo más que la resiliencia se construye mediante pequeñas repeticiones. Una vida con sentido rara vez se construye a través de acontecimientos extraordinarios. Se construye a través de días ordinarios vividos con intención.

Pilar #3 — La indiferencia ante el juicio de los demás

Quizás esta sea la lección más difícil de todas.

  • Los seres humanos somos criaturas sociales.
  • Queremos ser respetados.
  • Queremos ser admirados.
  • Queremos que nuestras contribuciones importen.
  • Incluso después de décadas de trabajo y logros, el deseo de reconocimiento no desaparece simplemente.

Pero existe una adicción silenciosa que puede hacerse especialmente dolorosa en la vejez: la adicción a la aprobación. Si mi felicidad depende de ser elogiado, invitado, consultado, recordado o admirado, entonces he entregado el control de mi vida emocional a otras personas.

A casi ochenta años, cada vez me hago una pregunta diferente: ¿Seguiría creyendo que esto merece la pena si nadie me aplaudiera?

Esa pregunta libera. No significa volverse arrogante ni despreciar a los demás. Significa distinguir entre escuchar las opiniones de otros y depender de ellas, entre aceptar comentarios y necesitar aprobación para sentir que tenemos valor.

No podemos controlar lo que los demás piensan de nosotros. Pero sí podemos controlar los valores con los que elegimos vivir. Para mí, esa es una de las formas más profundas de resiliencia.

Pilar #4 — Fidelidad a uno mismo: encontrar sentido en los pequeños actos sagrados

El último pilar quizá sea el más personal. A medida que se acumulan los años, empezamos a comprender que el tiempo ya no es un concepto abstracto. Se vuelve visible.

Recordamos a las personas que nos marcaron. Pensamos en el trabajo que hemos realizado, en los errores que cometimos, en las vidas que tocamos, en las personas que amamos y a las que quizá también fallamos, y en todo aquello que quedó sin terminar.

En esta etapa de la vida, el sentido no necesariamente procede de conseguir algo enorme. Puede proceder de la fidelidad a uno mismo.

Para mí, significa

  • continuar escribiendo mientras tenga algo que decir.
  • Continuar enseñando mientras pueda ayudar a alguien a ver el mundo de una manera diferente.
  • Continuar explorando los valores, la resiliencia, el estrés y el comportamiento humano,
  • No porque necesite otro logro,
  • sino porque estas preguntas todavía me importan.

También significa prestar atención a los pequeños actos sagrados: llamar a alguien que quizá se siente solo, escribir un mensaje de agradecimiento, compartir una comida, escuchar atentamente, caminar, contemplar una puesta de sol, recordar a alguien que ya no está.

Estos momentos quizá nunca aparezcan en un currículum. Pero tal vez sean el verdadero currículum de una vida humana.

Lo que estoy aprendiendo

Acercarme a los ochenta no me ha hecho perder el miedo al envejecimiento. Sigo viendo las pérdidas. Sigo sintiendo el paso del tiempo. Sigo echando de menos a personas. Sigo experimentando incertidumbre.

Pero cada vez me interesa menos luchar contra el envejecimiento y más envejecer con dignidad, curiosidad y libertad interior.

Mi trabajo profesional me ha enseñado que el estrés crónico suele aparecer cuando existe una brecha persistente entre lo que la vida nos exige y los recursos que tenemos para responder. Quizá el mismo principio se aplique al envejecimiento.

  • No podemos controlar el paso del tiempo.
  • No podemos evitar todas las pérdidas.
  • No podemos conseguir que las personas permanezcan a nuestro lado para siempre.
  • No podemos garantizar que los demás nos comprendan, nos valoren o nos recuerden.

Pero sí podemos:

  • fortalecer los recursos internos con los que afrontamos esas realidades.
  • aprender a estar solos sin sentirnos abandonados.
  • crear nuestro propio ritmo cuando la vida pierde parte de su estructura externa.
  • liberarnos poco a poco de nuestra dependencia de la aprobación.

Y permanecer fieles

a los valores que han dado sentido a nuestra vida.

Quizá esto sea lo que significa para mí, ahora, la idea de Kant. Convertirse en una ley para uno mismo; no porque no necesitemos a nadie, sino porque sabemos quiénes somos cuando nadie nos está mirando.

A punto de cumplir ochenta años, estoy descubriendo que la resiliencia no consiste en volvernos más duros. Consiste en estar más profundamente arraigados. Y quizá la mayor libertad de la vejez sea esta:

  • Amar a las personas sin pretender poseerlas.
  • Apreciar el reconocimiento sin depender de él.
  • Aceptar la soledad sin confundirla con el abandono.

Y despertarnos cada mañana sabiendo que, pase lo que pase, todavía hay algo dentro de nosotros que podemos ofrecer. Quizá esa sea la forma más silenciosa —y más poderosa— de resiliencia que he aprendido.

Simon L. Dolan Reflexion matinal Sur de Francia 26 de agosto, 2026